miércoles, 23 de enero de 2008
el no-ser
El hecho del estar presente la conciencia ante sí misma es un signo de la existencia de una cierta dualidad o separación en el interior de la conciencia, pues no parece posible el conocimiento de uno mismo sin una cierta distancia. Me pregunta por lo que en el interior de la conciencia separa a ésta de sí misma y permite su presencia ante sí misma, su ser consciente de sí. Eso que separa no puede ser ninguna cosa, es más bien un no-ser, es la nada. Mientras que el ser-en-sí es lo lleno, lo macizo, el ser pleno, el ser-para-sí, la conciencia, está hueca, en ella hay un vacío, una escisión, una cierta nada. El hombre se convierte así en el ente por el que la nada adviene al mundo. Esta nada presente en el interior del hombre es lo que le hace ser libre, le permite estar abierto siempre al futuro y nunca identificarse completamente con su ser actual: “El para sí no es lo que es, y es lo que no es”.
lunes, 17 de diciembre de 2007
martes, 27 de noviembre de 2007
pensamientos

Si tomo en cuenta mis sentimientos durante el día
Y trato de hacer aquello que realmente deseo
No siento haber perdido el tiempo
Al final de la jornada.
Pensar que mis deseos se refieren al futuro
Me impide hacerme responsable de ellos ahora
Y, lo que es peor, me induce a planificar el futuro.
Estoy tratando de ser yo mismo
O satisfago una imagen feliz de mí?
Yo soy todo lo que soy en el presente.
Soy el que empezó.
Cuando termine
Seré lo que ha quedado de mí.
Mi lucha cotidiana vale la pena,
Pero es, sin embargo, un combate
Que nunca concluiré.
Qué cantidad más absurda de energía
He gastado en mi vida tratando de entender
Cómo son las cosas “realmente”, cuando
Casi siempre no fueron así.
No hay absolutos para algo tan
Relativo como la vida humana.
Mi problema es analizar la vida
En vez de vivirla.
Una teoría es una teoría y no la realidad.
No es posible afirmar algo sobre la realidad
Sin omitir muchas cosas que son también verdaderas.
Tus amigos están a tu lado.
Deja que la conversación surja. No te entrometas.
Reclínate y permite que la realidad ocurra.
lunes, 12 de noviembre de 2007
jueves, 25 de octubre de 2007
La niña que cambio el mundo
Existían en su poblado tres mujeres, una abuela, una madre y ella, la pequeña Azucena. Su pelo era negro y suave, como las caricias de un gato que regalonea en la falda de su amo. En su poblado vivían en total nueve personas, y había una casa por cada habitante. La casa de Azucena era extremadamente pequeña, pero estaba inundada de magia y de chocolates escondidos. En su casita había una cama con flores dibujadas a mano por su abuela, también tenía un perro tan pequeño que cada vez que salía a pasear por el monte lo llevaba escondido en su abrigo, y en el camino le daba miguitas de pan y le cantaba canciones inventadas por ella. Azucena tenía pena, ella pensaba que algún día los poblados estarían con más personas y que sería más feliz un poblado con unas mil personas.
Un día mientras cocinaba un pastel de mora, ella detuvo su mirada en un árbol más viejo que su abuelita y todo su poblado; y pensó por largo rato. Hasta que su pastel de mora se arruinó. Se gritó a si misma, esto debe cambiar. Invitare a los poblados vecinos para que vivamos algún día mil personas en este lugar. Y así fue, Azucena unió a todos los poblados y en ello se tardo unos cinco años.
Les decía, con su voz dulce e infantil, ¡Vamos a vivir todos juntos y felices, en un lugar en que habiten más de mil personas!.
Todos la seguían emocionados, las personas guardaban sus pertinencias y construían casas en el poblado que tenía por nombre "Los árboles viejos", en honor a que en ese lugar no existían ni árboles, ni pinos, ni plantas modernas, ya que sus habitantes habían decidido conservar todas las especies de sus antepasados.
El poblado se transformo en un lugar especial, ya que en el habían más de mil personas y eso para ella era un logro, porque ella había llevado a todas esas personas a ese lugar.
Con el tiempo los nuevos habitantes comenzaron a cortar los árboles antiguos, paliaban constantemente y lo ensuciaban todo. Azucena sufría en silencio y se sentía culpable. La gente se robaba, se hacia daño y se decían cosas hirientes.
La pequeña trato de convencerlos de volver a vivir como era antes; que en cada poblado sólo vivían los familiares y más cercanos a su grupo. Pero ya nadie sabia vivir en soledad, se necesitaban, aunque se hicieran daño. Azucena murió de pena al ver que la gente se hacia tanto daño, y que incluso se quitaban la vida.
Ahora ella vive en el aire, en los corazones de esos que no necesitan grupos grandes para ser felices, ahora Azucena se dio cuenta que no se necesitan mil personas para poder entregar amor. Lástima que ella ya no esta, y es un ser invisible que quiso cambiar el mundo.
(Marisel Conejeros: cuentos personales de invierno)
Un día mientras cocinaba un pastel de mora, ella detuvo su mirada en un árbol más viejo que su abuelita y todo su poblado; y pensó por largo rato. Hasta que su pastel de mora se arruinó. Se gritó a si misma, esto debe cambiar. Invitare a los poblados vecinos para que vivamos algún día mil personas en este lugar. Y así fue, Azucena unió a todos los poblados y en ello se tardo unos cinco años.
Les decía, con su voz dulce e infantil, ¡Vamos a vivir todos juntos y felices, en un lugar en que habiten más de mil personas!.
Todos la seguían emocionados, las personas guardaban sus pertinencias y construían casas en el poblado que tenía por nombre "Los árboles viejos", en honor a que en ese lugar no existían ni árboles, ni pinos, ni plantas modernas, ya que sus habitantes habían decidido conservar todas las especies de sus antepasados.
El poblado se transformo en un lugar especial, ya que en el habían más de mil personas y eso para ella era un logro, porque ella había llevado a todas esas personas a ese lugar.
Con el tiempo los nuevos habitantes comenzaron a cortar los árboles antiguos, paliaban constantemente y lo ensuciaban todo. Azucena sufría en silencio y se sentía culpable. La gente se robaba, se hacia daño y se decían cosas hirientes.
La pequeña trato de convencerlos de volver a vivir como era antes; que en cada poblado sólo vivían los familiares y más cercanos a su grupo. Pero ya nadie sabia vivir en soledad, se necesitaban, aunque se hicieran daño. Azucena murió de pena al ver que la gente se hacia tanto daño, y que incluso se quitaban la vida.
Ahora ella vive en el aire, en los corazones de esos que no necesitan grupos grandes para ser felices, ahora Azucena se dio cuenta que no se necesitan mil personas para poder entregar amor. Lástima que ella ya no esta, y es un ser invisible que quiso cambiar el mundo.
(Marisel Conejeros: cuentos personales de invierno)
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