jueves, 25 de octubre de 2007

La niña que cambio el mundo

Existían en su poblado tres mujeres, una abuela, una madre y ella, la pequeña Azucena. Su pelo era negro y suave, como las caricias de un gato que regalonea en la falda de su amo. En su poblado vivían en total nueve personas, y había una casa por cada habitante. La casa de Azucena era extremadamente pequeña, pero estaba inundada de magia y de chocolates escondidos. En su casita había una cama con flores dibujadas a mano por su abuela, también tenía un perro tan pequeño que cada vez que salía a pasear por el monte lo llevaba escondido en su abrigo, y en el camino le daba miguitas de pan y le cantaba canciones inventadas por ella. Azucena tenía pena, ella pensaba que algún día los poblados estarían con más personas y que sería más feliz un poblado con unas mil personas.
Un día mientras cocinaba un pastel de mora, ella detuvo su mirada en un árbol más viejo que su abuelita y todo su poblado; y pensó por largo rato. Hasta que su pastel de mora se arruinó. Se gritó a si misma, esto debe cambiar. Invitare a los poblados vecinos para que vivamos algún día mil personas en este lugar. Y así fue, Azucena unió a todos los poblados y en ello se tardo unos cinco años.
Les decía, con su voz dulce e infantil, ¡Vamos a vivir todos juntos y felices, en un lugar en que habiten más de mil personas!.
Todos la seguían emocionados, las personas guardaban sus pertinencias y construían casas en el poblado que tenía por nombre "Los árboles viejos", en honor a que en ese lugar no existían ni árboles, ni pinos, ni plantas modernas, ya que sus habitantes habían decidido conservar todas las especies de sus antepasados.
El poblado se transformo en un lugar especial, ya que en el habían más de mil personas y eso para ella era un logro, porque ella había llevado a todas esas personas a ese lugar.
Con el tiempo los nuevos habitantes comenzaron a cortar los árboles antiguos, paliaban constantemente y lo ensuciaban todo. Azucena sufría en silencio y se sentía culpable. La gente se robaba, se hacia daño y se decían cosas hirientes.
La pequeña trato de convencerlos de volver a vivir como era antes; que en cada poblado sólo vivían los familiares y más cercanos a su grupo. Pero ya nadie sabia vivir en soledad, se necesitaban, aunque se hicieran daño. Azucena murió de pena al ver que la gente se hacia tanto daño, y que incluso se quitaban la vida.
Ahora ella vive en el aire, en los corazones de esos que no necesitan grupos grandes para ser felices, ahora Azucena se dio cuenta que no se necesitan mil personas para poder entregar amor. Lástima que ella ya no esta, y es un ser invisible que quiso cambiar el mundo.

(Marisel Conejeros: cuentos personales de invierno)

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